Frente a la ventana del lugar donde suelo trabajar hay un árbol muy cercano, tanto que casi puedo tocar sus ramas. Un día, de pronto, mientras toda mi atención se centraba en el ordenador, oí un ruido extraño como de roce contra el metal de la ventana. Extrañado miré sin localizar el foco de tal sonido. Tras un breve período de búsqueda descubrí tras el marco un aleteo inestable que buscaba sujetarse con sus patas sobre un marco demasiado ancho. Como habrán adivinado ustedes se trataba de un alevín de pájaro en sus primeros pasos del arte del vuelo. Saltaba de la rama a la ventana, de la ventana al alfeizar para subir de nuevo a la ventana y de ella al árbol en el que correteaba sin problema de rama en rama. Desde mi ignorancia ornitológica no sé de qué especie se trata. Sólo sé que sus colores pardos se convierten en verdosos sobre las alas y su pecho y capuz son anaranjados. El caso es que el mozuelo pájaro en un momento se fijó en mi como yo en él y se quedó quieto, a la expectativa… Le miré con simpatía e interés y sin hacer ningún movimiento. En un leve segundo apareció entre las ramas el que seguro sería uno de sus progenitores que me observó con un porte serio y como quien sopesa qué es lo que debe de hacer. Mantuve mi hieratismo contemplando a ambos. El padre o madre, vaya usted a saber, decidió que no había peligro y regresó árbol adentro. El zagalillo retomó su actividad frenética de subir, bajar, saltar, volar… Y yo continué mi labor echando miradas de soslayo al inquieto acompañante que parecía requerir continuamente mi atención (ya saben ese típico: “¡eh! ¡mírame! ¡mira lo que sé hacer!”)… Las visitas del polluelo en cuestión se han venido repitiendo con regularidad durante algún tiempo. De cuando en cuando asomaba para confirmar el padre o madre de la criatura que regresaba enseguida a lo suyo. El peque pasaba largos ratos revoloteando y cada vez subía con más facilidad. Tanto que hace días que no le veo el pelo, mejor dicho, el plumaje… Sospecho que no volveré a verle más y que sus alegres visitas que han dado una pizca de color a mis días, no se van a repetir. Seguramente su volar cada vez más alto se haya convertido en volar real abriendo nuevos horizontes, lejanos a los mínimos que servían para practicar y dar el salto definitivo… No les negaré que echo un poco de menos al pajarillo y de cuando en cuando miro con cara de tonto a la ventana esperando que reaparezca… Y entonces me digo que la vida es sabia y que ha sido hermoso ser testigo del aprendizaje y crecimiento que permite enfrentar la vida propia siendo lo que se debe ser… ¿No creen que es un privilegio?... Y me dio por pensar que esta historia real del pajarillo tiene mucho que ver con la educación y con los verdaderos maestros que una y otra vez ven volar hacia el horizonte a todos esos zagalillos que se convierten en hombres y mujeres capaces de enfrentar su vida… Entonces se les queda cara de tontos, sienten un orgullo profundo que se instala en el interior y un cariño intenso que empuja como corriente de aire –o lo prentende- a los que ya vuelan, mientras se dicen, volviendo de nuevo a su trabajo, ¡buen viaje!...
miércoles, 4 de enero de 2012
viernes, 30 de diciembre de 2011
Se acaba un año...
Se nos acaba un año… Hoy y mañana, al igual que los próximos
días, enhebraremos la retahíla consabida de felicitaciones y buenos deseos, lo
cual no está mal siempre que sean deseos de verdad y no formulismos vacíos de
contenido… Hoy y mañana también dejaremos escapar, a buen seguro, aquello de
“que se vaya de una vez” ”vaya un añito desastroso” y exquisiteces semejantes
no exentas de cierta razón… Pues bien, les invito a respirar un momento y mirar
hacia atrás con cierta paz y sosiego… Seguramente han sido muchos los motivos
que han hecho que el ya casi extinto 2011 haya sido un año para echarse a
temblar pero, por favor, lean entre líneas. Rebusquen los abrazos, sonrisas,
momentos de alegría, las satisfacciones, lo mucho recibido y aprendido incluso
de lo negativo… No. No lo dejen tan pronto. Sigan rebuscando y no pongan esa
cara de “venga ya… no te quedes con nosotros”… Rebusquen ustedes…
Cuando llegó el momento de la cosecha una familia se acercó
a sus campos. Habían pasado muchos meses trabajando sin descanso: arar la
tierra y prepararla, sembrar la semilla, limpiar la tierra de cuando en cuando…
Meses de desvelos, esfuerzos y esperanzas… Las heladas prolongadas habían
acabado con parte del cereal naciente… Las lluvias excesivas de primavera
habían conseguido que se pudriera parte de la cosecha… La cosa no pintaba bien
pero aún había espigas que ya granaban… Por fin, un pedrisco veraniego arrasó
casi al completo la cosecha… La familia al borde de su terreno contemplaba
estupefacta el desolador panorama… Todo el esfuerzo no había valido para nada y
tal como estaban los tiempos… Los lamentos se multiplicaban entre juramentos al
cielo del duro agricultor y lágrimas amargas de su mujer que acariciaba a sus
hijos… Cuando el silencio se hizo denso y angustioso suspendido de las miradas
incrédulas hacia el terreno arruinado se elevó segura la voz del hijo más
pequeño: “Papá, mamá, no os preocupéis. ¿No habéis visto la cantidad de flores
que han salido en nuestro campo? Son preciosas. A lo mejor les gustan a todos…”
Sin apenas haber terminado de decirlo se metió en la tierra y comenzó a recoger
aquellas hermosas flores. Lo hacía con un cuidado extremo para su pequeña edad
y las iba clasificando en montoncitos de flores semejantes. Mientras lo hacía
cantaba una alegre melodía. Sus hermanos, un poco más mayores que él,
comenzaron a reírse y se metieron a la tierra a ayudar a su hermano. Pronto los
tres reían y cantaban a pleno pulmón. Finalmente los padres, tras mirarse entre
sí, dieron el paso hacia la tierra y se unieron a la labor. Dicen en el pueblo
que aquel día aquella familia vendió y regaló un montón de flores contagiando
una gran alegría a todos. Y cuentan las crónicas del lugar que guardaron y
compraron semillas de todo tipo de flores que plantaron en algunos de sus
campos y en los de los demás…
Ya ven ustedes… Encuentren las flores, que las hay y
disfruten de ellas. Y miren el nuevo año, que se nos da, como oportunidad de
sembrar flores, muchas... Que heladas, lluvias y pedriscos habrá seguro –es la
vida- pero nunca debemos olvidar al niño haciéndonos encontrar las flores y el
sentido de las mismas...
jueves, 22 de diciembre de 2011
Del Belén de mi clase
Hace unos días mis alumnos
decidieron decorar la clase con motivos navideños. Entre los elementos
encontrados y seleccionados montaron un pequeño, aunque digno Belén, con
algunos personajes al uso. Como no puede ser de otro modo el centro del mismo lo
ocupa el portal con María, José y el Niño. No faltan reyes magos, pastores,
animales y demás. Mi sorpresa llegó cuando descubrí que en el Belén de mi clase
nadie –ninguno de los personajes- miraba al portal; nadie se dirigía a él y
nadie adoraba al Niño recién nacido. Y donde digo nadie quiero decir
exactamente: Nadie. En resumen: El portal era el centro pero todos pasaban de
él, todos iban a lo suyo mirando a cualquier sitio. Incluso los reyes parecían
no tener un rumbo fijo que llevase hacia lo que debería ser su cometido… Y me
dio por pensar que mis alumnos metafóricamente habían reflejado su portal de
Belén particular y no sé si no el nuestro –de todos- también. ¿Será que miramos
para cualquier lado y pasamos de largo de lo esencial aunque esté en el centro?
¿Será que cada uno vamos solo a lo nuestro y olvidamos hasta nuestros cometidos
esenciales? ¿Será que hemos hecho de nuestra vida hoy un nuevo Belén viviente digno de la historia bíblica (ya saben, la de que no había lugar para ellos en ninguna parte)?...
Y entonces ¿El Dios que nace?...
Ya ven ustedes, sólo son
preguntas que a uno le surgen. Preguntas sin importancia… Aunque, por otro
lado, las metáforas espontáneas y esenciales ¿No son las más ciertas?... Tal
vez mis alumnos hayan dado en el clavo… Tendré que ponerles un diez ¿No creen?...
No sé…
domingo, 11 de diciembre de 2011
Estamos de cumple
Compartirán conmigo que la celebración de un cumpleaños es
motivo de alegría para la misma persona y para todo su entorno. Fuera de tirones
de orejas y presentes reglamentarios, nos llena de gozo el celebrar la vida y
el compartirla con los que más nos quieren y a los que más queremos. Pues bien
creo que es de recibo recordar un gran cumpleaños que comenzamos a celebrar
estos días y que continuaremos celebrando a lo largo de todo el año venidero. Sí,
oyen bien: Un año de celebraciones… Y merecidas… Se trata del trescientos aniversario
de nuestra institución nacional más antigua, considerada dentro de las cuatro
mejores de su género en el ámbito mundial. Por si no lo adivinan me refiero a
la Biblioteca Nacional de España, ese gran depósito vivo de nuestra cultura que
reúne tesoros de la talla de nuestro Poema del Mio Cid, entre de otros muchos a
destacar… Pasear por su seno es y será un poder encontrar, de algún modo, a
Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca y tantos otros… ¿Cómo no
alegrarnos de tan magno acontecimiento? ¿Cómo no plantearse un reposado
tránsito para ver la exposición que se inaugura los próximos días? ¿Cómo no
saltar de gozo ante labor tan encomiable desarrollada desde los tiempos de
Felipe V?
No se trata, también es cierto, de una simple mirada
acomodaticia en el pasado –ya saben el tópico de “todo tiempo pasado fue mejor”-,
no… De hecho creo un acierto el lema escogido para este aniversario: “300 años
de la BNE, una mirada al porvenir”… Toda una mirada y un reto de futuro... Toda
una declaración de intenciones… Todo un desafío… Esperemos que alguien, dentro
de otros trescientos años, lleno de alegría, escriba unas líneas para celebrar
el seiscientos cumpleaños… Soñar no cuesta nada ¿Verdad? Aunque, ¿No soñaron otros
durante trescientos años hasta la actualidad?...
Señores, brindo por este cumpleaños pues creo que, aunque a
muchos pase inadvertido, es uno de esos eventos a apuntar con letras de oro en
la agenda propia… Mientras lo hacen les invito a entonar conmigo un sonoro y
rotundo “¡Cumpleaños feliz!”
domingo, 30 de octubre de 2011
Estoy confuso
Pongamos que te vas al super a
hacer la compra… De pronto descubres que junto a las galletas que andas
buscando se han instalado los productos necesarios para el haloween que en el
anterior post ya comentábamos. E ¡Increíble! De pronto sufres un fuerte choque
que te hace perder la noción del tiempo y no sabes, entonces, si debes
disfrazarte de zombie, comprar las chuches para los niños del vecindario o
coger la zambomba y ponerte a cantar, polvorón en boca, aquello de veinticinco
de diciembre, fun, fun, fun… Ante tal shock olvidas las galletas, la fruta y
los yogures a por los que habías bajado y vuelves a casa con espumillón
abundante, chuches de toda especie, pintura de maquillaje para pintarte de muerto
viviente y un par de tabletas de turrón del duro que le gusta a tu suegra (no
vaya a ser que aparezca de pronto)… Entras corriendo por el pasillo en un
estado semi-histérico. Dejas las bolsas sobre la mesa de la cocina. Te golpeas
la rodilla contra la maldita silla de siempre. Cojeando entras en el cuarto en
que tienes el calendario de la carnicería del barrio y compruebas que estamos a
final de octubre… Vuelves a la realidad en un micro-segundo. Tras unos minutos
boqui-abierto sin capacidad para moverte vuelves, derrotado, a la cocina con esa
cara de memo de las grandes ocasiones. Abres las bolsas. Coges el espumillón
como si fuera una aparición milagrosa tras teletransportación galáctica. Lo
miras sin comprender y maquinalmente lo dejas aparcado para bajarlo al trastero
un día de éstos… Sacas el turrón. Vas y vienes con él en la mano abriendo armario
tras armario para colocarlo en el mejor lugar posible para que repose sus dos
mesecitos. Por fin decides dejarlo detrás de los botes de las legumbres y las
sopas… Te entra hambre por el disgusto y abres el frigorífico para coger un
yogur pero… ¡Carajo! ¡Si no los subí! Te preparas, a cambio, un cola-cao
calentito y al ir a buscar unas galletitas descubres que no tienes… (Por eso
bajaste al super, so tonto)… Cola-cao aparcado en fregadero. Al darte cuenta
que tampoco tienes fruta te entra una depre del quince… A punto de llorar coges
las pinturas de maquillaje que están en la bolsa de la compra. Te pintas ante
el espejo del baño partiéndote de risa como un estúpido. Coges esa camisa vieja
que todos tenemos y la desgarras atrozmente cual si fuera un disfraz perfecto.
Te la instalas encima pringándola bien de pintura roja. Te miras satisfecho
pero parece faltar algún detalle. Te acuerdas del espumillón. Lo coges y te
haces una coronita horteroide que luce en tu cabeza. Luego pillas el turrón
duro y le pegas un buen mordisco mientras sostienes en la otra mano la navideña
botella de champán que dudas si abrir o hacerlo, en su lugar, con la de halloweenero
ron para hacerte un buen cubata… En cualquier caso pones la música a tope y
bailas como un poseso en el salón mientras la vecina de abajo golpea con la
escoba en su techo para que te moderes… Y te planteas, en trance, lo que decía
mi amigo Javier en uno de sus últimos tweets: “Estoy
confuso. En estanterías vecinas del supermercado conviven las chuches del
halloween y los turrones; los espumillones y los disfraces.”
Pues ya lo saben. Si van al super
estos días, tengan cuidado…
sábado, 29 de octubre de 2011
¡Esto no es Haloween!
Hace tiempo que no me pasaba por
aquí y creo que va siendo hora de retomar sanas costumbres…
Paseaba ayer por la calle detrás
de una madre con su retoño de unos ocho años. El entusiasmo del enano en
cuestión era patente, tanto que, a pesar de no tener ningún interés por mi
parte, la conversación animada llegó hasta mis oídos de paseante… La criatura
revoloteaba nerviosa en torno a su progenitora, más resignada que otra cosa,
porque “ha llegado halloween” y “me voy a disfrazar” y " voy a ir pidiendo, con
mis amigos, caramelos y dinero a los vecinos”… Les juro que no invento ni media
palabra… Anonadado contemplo a la madre que escucha asintiendo ostensiblemente a
su hijo mientras le dice: “Vamos que llegamos tarde a inglés”… Desde entonces no ha dejado de hervirme la
sangre. En realidad, y pese al incidente referido, todos los años por estas
fechas entro en tal efervescencia… Y es que todos los enanitos del mundo
mundial, obviando sus propias costumbres culturales, hacen el guiño preciso al
gran mercado en que hemos convertido este chiringuito de la aldea global… Que yo
sepa, que tampoco es gran referencia mi cultura, lo que celebramos en nuestro
ámbito hispano es el día de los santos en el que hacemos algo muy sano y
necesario: recordar a los que nos precedieron en este camino que todos
transitamos y que es la vida… Aquellos seres cercanos y queridos que se nos
fueron dejando su legado y su impronta en nosotros… La cosa es suficientemente
seria y profunda como para echarla en olvido… Pero he aquí que todas las nuevas
generaciones, de unos años a esta parte, sueñan con calabazas huecas, con
fiestas de disfraces no exentas del juergueo correspondiente en la adolescencia
patria, con gorroneo egoistoide fomentado por los mayores que, por no quedar
mal, sueltan las chuches o la calderilla que se asila en el bolsillo en ese
momento… Me hierve la sangre... ¿Hasta tal punto somos capaces de dejar de lado
lo nuestro por asilarnos en la aldea global que nos marca el mercado –que no la
cultura-? ¿No tenemos suficiente riqueza propia como para tener que importar
las ajenas de mundos anglosajones?... No. No se trata de
defender como energúmenos que nuestra tradición es mejor que otras, ni de plantarse en una postura conservadurista absurda. Incluso es
comprensible que a niños y adolescentes les resulte más atractivo lo festivo
que nuestra seriedad de estas fechas, pues la verdad es que el planteamiento de la fiesta en sí es atractivo y divertido. Aún así lo nuestro es lo nuestro y tiene
su sentido cuidarlo en aras de no perder una identidad que se ha fraguado a lo
largo de siglos y riquezas culturales confluyentes. Incluso pensemos que toda
cultura tiene algo de educativo y la muerte, querámoslo o no, es algo que forma
parte de nuestra vida y es algo que también nuestros niños y jóvenes deben
comprender y asimilar… Así pues creo que la fiesta de los santos tiene mucho
sentido y me niego a caer en ese mundo pseudo-blandito y extraño que nos
imponen desde fuera. Señores, he aquí mi voto en contra del haloween y mi voz a
favor de nuestra propia cultura… Luego que cada cual haga lo que quiera…
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