Pues miren ustedes por
donde, hace una temporada recibí una cordial llamada. Alguien muy cercano y
querido me invitaba a participar en un pequeño proyecto de ésos que a uno le
caen bien desde el principio. Recuerdo mi sorpresa ante la “oferta” que se hizo
desmedida cuando escuché aquellas palabras: “Necesito los textos en una
semana”. ¡Una semana!... Y ahí me ven ustedes sopesando entre la racionalidad
pura del no tengo tiempo para hacerlo y el sentimiento enamorado y seducido por
un proyecto que se me antojaba atrayente… Y venció, gracias a Dios, la locura
de quitar tiempo al sueño, de rebuscar momentos breves, de encontrar
inspiración y oficio técnico donde no cabía encontrarlo… Los textos estuvieron
en el tiempo establecido. Seguramente no sean los mejores por la premura, pero
son y parece que cuadraron en lo que se pretendía… El resto: las magníficas
fotografías de Eduardo Vaquero que muestran un oficio serio y cargado de
sensibilidad y técnica, y un gran diseño gráfico de José Francisco González.
Todo, según me cuentan, en tiempo récord. Que ya tiene mérito…
No sé si a ustedes les
parecerá interesante. Puede que el tema de fondo no les seduzca. Quizá los
textos no les convenzan. Tal vez hubieran deseado otra cosa… Simplemente les
invito a pasarse por el siguiente enlace con las puertas del alma abiertas al
susurro de la brisa que venga, con los ojos del interior atentos, con la
disposición, si cupiese, de sorprenderse…
Quizá saquen algo o quizá
cierren rápidamente, como otras muchas páginas de nuestro mundo virtual. Sea
como fuere, aquí se lo dejo, como el guante del reto aún sin respuesta, con ese
incierto silencio de la espera que deja todo en suspenso… Ojalá disfruten, al
menos un poco, con éste pequeño proyecto que me llegó con una llamada y al que
no supe decir que no…
¿Qué quieren que les diga? Me debo estar haciendo mayor…
Ayer asistí a una
representación teatral de gran formato en Madrid. Un buen montaje del que
pude disfrutar. De lo que no disfruté tanto es de detalles que se me hacen
incomprensibles. Verán, nada más entrar comenzó mi sorpresa al cruzarme con
sendos espectadores que entraban en el patio de butacas con sus recipientes
llenos de palomitas… Sí, leen bien, de palomitas de maíz. Entonces pensé: “He
debido de equivocarme y me he metido en el cine de al lado en lugar de en el
teatro al que pretendía ir”. Pero no. Para mi desdicha la visión surrealista se
repitió exponencialmente, a la par que observaba botellas de cerveza –como lo oyen-, vasos de refresco –eso sí, todos de caro “merchandising”-, bolsas de
chuches y hasta helados… Helado me quedé sin posibilidad de entrar en calor…
Menos mal que la representación me llevó por derroteros más agradables que se
veían, eso sí, interrumpidos por sordos sonidos de bolsa de plástico, tragar,
etc., etc… En el descanso adquirí –dejando un riñón en el intento- una simple
botella de agua que bebí en la zona correspondiente. Al sonar el timbre y no
haberla acabado la introduje en la sala y la dejé a resguardo sin osar beber
durante al acto segundo. Al final, aplausos, satisfacción general y un suelo enmoquetado
que daba asco, lleno de botellas que esquivar, vasos y plásticos diversos. Y
ahí me tienen –ingenuo- con mi botellita de agua, que había guardado, buscando
una papelera en el vestíbulo en la que depositarla. Papelera que no apareció,
por supuesto… Encontré, en mi desesperación, mientras daba una patada a la
enésima botella por el suelo, una mesa alta de bar en la que decidí apoyar mi
botella. Al llegar a la misma encontré a otra persona que hacía lo mismo. Nos
miramos y sin decir nada, ambos respiramos aliviados con la sensación de no ser
el único astronauta en mitad de este planeta… ¡Al menos, éramos dos! Casi me
emociono, se lo juro…
Un día después, ya en mi
domicilio habitual, sigo con el resquemor en la cabeza. De verdad que creo que
me estoy haciendo mayor porque me cuesta aceptar que el teatro, cuyo ritual de
silencio es esencial, casi sagrado, se convierta en una suerte de cine donde
todo vale y no importa el ruido que se genere. Realmente, se lo digo, no puedo
comprenderlo… Quiero pensar que no sea que nuestra sociedad ha perdido los
necesarios rituales del buen hacer y ser, las buenas maneras que tanto ayudan a
que todo funcione. Quiero creer que el todo vale no se instale definitivamente
en nuestro día a día. Quiero creer… pero mucho me temo que gran parte de la partida
está perdida después de lo visto ayer…
Ya ven, debo estar
haciéndome mayor e intolerante, o quizá sea un reaccionario peligroso afín a no
sé qué ideas… Y no sé qué hacer... En fin. Cualquier día iré a ver una buena
ópera y me compraré mi birra, mis palomitas, las chuches para la prole y me
dispondré a hacer cuantos comentarios crea oportunos mientras la acción, tenor
y coros en el momento álgido, me lo sugiera. Entonces volveré a sentirme joven
e integrado en el nuevo esquema teatral y tal vez social… ¡Qué pena! ¿No?...
No
hace muchos días presencié el desfile de carnaval de la localidad por la que
arrastro mis huesos últimamente. Fue un colorista y entretenido pasacalles con
una amplísima participación que jamás hubiera sospechado. Entre los grupos de
personas disfrazadas, tres de ellos, creo recordar, estaban formados por
personas con algún tipo de deficiencia psíquica acompañados por sus cuidadores
y otros voluntarios, disfrazados como y junto a ellos. Puedo dar fe de que si
todos lo estaban pasando bien desfilando, estos tres grupos irradiaban
felicidad e ilusión por doquier provocando positivas sonrisas de satisfacción
en los espectadores.
Al
ver aquello mi mente se escapó a tiempos pasados en los que tuve la fortuna de
vivir, durante algún tiempo, una experiencia como voluntario en el complejo que
los Hermanos de San Juan de Dios tienen en Ciempozuelos. Allí estuve en uno de
los pabellones echando una mano con los residentes en aquello que se
necesitase: desde acompañarlos a afeitarlos, o a darles de comer... Ya saben,
esas minucias de la vida que resultan tan complejas cuando se tienen dificultades…
Pues bien. Dentro del pabellón había un interno que era sordo, mudo y ciego.
Ignoro si tenía algún otro problema, aunque sospecho, por algunas reacciones,
que así era. El caso es que Luis, -nombre figurado-, para comunicarse con el
mundo exterior, llevaba en su bolsillo una tablilla de metal que tenía grabado
en relieve el alfabeto. Cuando sentía a alguien cerca extendía su brazo hasta
agarrar a quien pasase, sacaba su tablilla, la ponía en su mano y recorría las
letras para decir: “Luis”. Luego te alargaba el abecedario para que llevando su
dedo sobre las letras le dijeses tu nombre. Entonces ponía algo parecido a una
sonrisa, guardaba su “tablet” y entraba en su letargo nuevamente. Puedo
asegurar que pude decirle mi nombre cientos de veces, tantas como él me dijo el
suyo, en aquel periodo de voluntariado. Incluso, lo reconozco, a veces le
esquivaba por el aquel del hastío… Luis era tranquilo pero tenía sus ataques de
ira incontrolada donde podía dar un bastonazo a un compañero del pabellón o
romper un cristal en el intento. En esos casos había que sujetarle intentando
no recibir y darle la medicación consiguiente siempre tratando de calmarle con
caricias y distracciones asequibles a su posibilidad perceptiva… El caso es que
un día que pasé junto a él, Luis me sintió y alargó su brazo para cogerme. No
le dejé pero me quedé delante. Él podía percibir mi presencia y volvió a
alargar el brazo. No me cogió pero le di un leve toque en la mano como para
decirle: “estoy aquí”. Durante un buen rato yo le iba dando toquecitos en las
manos y él me buscaba tratando de cogerme. Comenzó a hacer unos sonidos
guturales muy extraños con la boca. Sus movimientos eran nerviosos, casi
desesperados. De pronto se puso de pie, justo delante de mí, aumentando
aquellos ruidos. Por mi cabeza sólo pasó una cosa: “Ahora me toca el golpe así
que habrá que estar rápido por si acaso”… En esos pocos segundos el abrió sus
brazos y me abrazó con una ternura y un agradecimiento como nunca había sentido
antes. Aquellos ruidos no eran sino la risa alegre y cantarina de la felicidad…
Luis me hizo comprender que nadie bromeaba con él, que nadie le hacía pasar un
rato diferente en su tedio exento de luz y de sonido… Cuando yo pasaba el rato,
él disfrutaba y era feliz. Cuando yo tenía miedo a una reacción, él me
transmitió todo lo que se puede comunicar con un inmenso abrazo… Y me pregunté,
como en otras ocasiones en aquel voluntariado: ¿Quién es el “loco”? ¿Quiénes lo
son más? ¿Los de dentro o los de fuera?... Confieso que aún no tengo la certeza
completa de dar la respuesta adecuada…
Ya
ven, al ver aquel desfile de carnaval, aquella buena gente disfrutando como
niños, en el mejor y pleno sentido de la palabra, me acordé de Luis y su
abrazo, reí con ellos cuando se acercaban hasta mí, les saludé efusivamente y
volví a preguntarme aquello, una vez más, mientras recordaba aquella risa
gutural de felicidad y aquella tablilla…
En
homenaje a Luis (guardo para mí su nombre verdadero), a todos los Luises que
tanto pueden enseñarnos a los muy cuerdos y racionales, a todos los que desfilaban
en carnaval, les dejo con un precioso tema de Ana Belén que habla de un interno
de Ciempozuelos…
Ayer,
miren ustedes por donde, leyendo alguna que otra noticia me entró un sofoco de
esos que agrian el día. Se celebraba, entre el boato correspondiente del dinero
que nadie tiene –hablo de Autonomías-, el “Día de las Letras” de una de ellas.”.
En mi ingenuo pensamiento me dije: Se tratará de una Comunidad Autónoma con
lengua propia. Lo cual justificaría un día así con “cierta” lógica pero… ¡No
señores! No se trataba de Comunidad con lengua propia sino, en todo caso, de
una variedad dialectal del castellano, tan próxima al castellano mismo que no
creo que haya diferencia alguna. Y ¿Qué quieren que les diga? Uno no sabe si
carcajearse a mandíbula batiente o echarse a llorar de tanta mentalidad de
pulgarcito, cretinismo en el sentido propio del término, que avanza como oleaje
incontrolado...
Buscando
alguna suerte de solución coherente, me dije que tal vez fuera aquel legítimo
sentimiento de culturalidad literaria que existe en toda población, provincia o
región y que no vas más allá de actos puntuales, nunca mediáticos, y
protagonizados por los mismos hombres de letras que pululan con su sano orgullo
de raíces propias, en absoluto reñido con el ansia literaria y cultural de
universalidad. ¡Ingenuo de mí!... Los actos diseñados para foto, publicación y
paseíllo, si lo hubiere, consistían en derroche de despropósito publicitario
autonomista bajo el envoltorio de escritor de turno al que se homenajeaba como
adalid del micro-patriotismo de salón de billar, que no de tertulia…
Ante
tal circunstancia, después de reflexionar profundamente, llegué a una meritoria
conclusión que me dispondré a realizar en cuanto pueda: Decreto, con su venia,
organizar y realizar como Dios manda –según los patrones deducidos de lo
anterior-, el “Día de las Letras de mi propia casa”, en el que, incluso, me
propongo homenajear a quien sea y dar algún que otro premio y diploma. Citaré a
la prensa y me vestiré con las galas oportunas para tal acto. Incluso, creo,
invitaré a las autoridades que fuere necesario para salir en los medios en
horario de máxima audiencia y en toda portada que se precie. Lo que me preocupa
es que, con el “fiestón mega-cultural” montado –al estilo de galas de premios de cine, música
y demás, culmen de la “intelectualidad” máxima de hoy en día-, no pueda darle
contenido pues en mi casa sólo habito yo con mis libros, de diversísimos
autores, épocas, y lugares de origen. Ninguno de los cuales vivió, escribió, ni
pasó unas horas siquiera en mi humilde habitáculo. Aun así, dado que mi hablar
es el castellano y que tengo libros y que tengo la manía de escribir de cuando
en cuando y que tengo mi casa única y diferenciada de las de mis vecinos, reúno
las condiciones básicas para el evento ¿No creen?... Pues bien, hecho el
propósito, me pongo manos a la obra. Ya les avisaré del día señalado con la
invitación oficial que cualquier ujier les hará llegar. Claro, que no sé si
cabremos en el salón de la casa –ésa es otra-. Pero éso ¿Qué más da? El caso
es que ya tengo el “Día de las letras de mi casa”. Y que nadie me lo discuta,
por supuesto… En fin, como decía el castizo: ¡Olé mi patria!
No
sé a ustedes pero a mí, cada vez que leo un periódico, veo o escucho noticias,
se me ponen los pelos de punta y me da la sensación que una oscura nube se
instala sobre la existencia propia y la de mis convecinos. Si hasta parece que
nos cuesta sonreír… Que la cosa no está fácil no hay que dudarlo. Que la crisis
se ceba con todos, es un hecho. Que la indignación sube a nuestras gargantas
ante tanto malnacido de mano larga y de honradez cuanto menos dudosa que dice
gobernarnos o pretenderlo, una constatación de libro… Todo parece derrumbarse
sin remedio como un gran castillo de naipes construido por un niño y sometido
al azaroso capricho del viento. Hace unos días, alguien me pasó un precioso artículo
de prensa de un Catedrático de Historia Contemporánea creo que de la
Universidad de Valladolid, digo creo porque desgraciadamente perdí el artículo
y no he hallado su referencia. Pues bien, en él venía a exponer el profesor su
tesis de que estamos llegando al fin de un momento histórico forjado hace dos
siglos. Todas las instituciones y soportes básicos están cayendo uno tras otro
de modo irremisible abocándonos al caos que todo final supone y que lleva en sí
la semilla de lo nuevo, de algún modo… Mi pequeña perspectiva no llega para
juzgar tan a fondo pero reconozco que me hizo pensar y me pareció lógico en su
argumentación. Sea como fuere, la sombra del caos, del descontento, de la
desesperación se cierne sobre todos, como cuando ves venir la tormenta en
descampado sin lugar posible de resguardo… Uno se encoge y mira entre admirado
y profundamente acongojado dispuesto a verlas venir y valorando hasta dónde
puede hacer algo o no… Y se nos pasan las ganas de reír, de sonreír, del sano
bromear de nuestra esencia…
Hay
quien propone que debemos revelarnos, tomar las riendas del chiringuito éste y
dar el callo… Pudiera ser pero no entro en tal extremo. De lo que sí estoy
seguro es que necesitamos esperanza, mejor, ESPERANZA, así, con las mayúsculas
de toda la vida que indican que algo es importante. Necesitamos ESPERANZA… No,
no me refiero a la esperanza utópica de ideologías, espiritualidades y excursos
de tinte intelectual –que también-. Me refiero a la esperanza de andar por casa.
La de la señora María y el señor Pedro, la del Toñín y la Laurita… La esperanza
del me hace falta sal, llamo a tu puerta y me dejas un poco. La de yo te ayudo
y mañana Dios dirá si igual necesito tu ayuda. La del pese al coñazo que es el
vecino del quinto, hago el esfuerzo por sonreírle un poco y hablar del tiempo
en el ascensor. La del gracias al maestro al acabar el curso de mis niños. La
del ceder el asiento en el autobús a doña Teresa que no puede con sus piernas y
con su edad. La del… Necesitamos esa esperanza. La de hacer que cada día este
estercolero sombrío sea un patio andaluz, o castellano con su cal, su sol y sus
geranios aunque la lluvia nos agüe la fiesta de cuando en cuando y aunque
leyendo el periódico nos desesperemos y aunque los chorizos crezcan con los
problemas, y no los de matanza precisamente… Necesitamos ESPERANZA, tan grande
y tan pequeña. Y no nos va a caer del cielo, ni nos va a venir de los dirigentes,
políticos y demás lugares lejanos, porque la esperanza nos sale del corazón,
oiga… Y si no nos sale, mal asunto. Entonces la cosa es más grave de lo que
sospechamos y entonces sí se cae todo haciendo sombra cainítica. Necesitamos
ESPERANZA pero hemos de construirladesde abajo, desde lo pequeño, cada uno. ¿Se suma al reto?
No
sé si es una gran solución. Tal vez lo sea. Pero mientras tanto, venga lo que
venga, iremos tirando con un par de sonrisas en los labios y con alguna que
otra mano alrededor para sostenernos. Y tal vez, por qué no, vayamos
construyendo un sistema nuevo, algo que nos valga un poco más a todos…
Esperanza…